Carta de despedida
Me aferro a no caer, para no perderte, pero igualmente lo hago lentamente, te quiero salvar de mi, pero honestamente, yo me estoy salvando de mi mismo, se que al quererte, voy a explotar de deseos, de querer hacer mil y una cosa, de querer fraccionar el tiempo en miles de pedazos, para que los recojamos juntos uno a uno, pero este último ápice de cordura me dice que debo marchar, una amiga querida, me dice que debo sumergirme en el océano del amor, sin miedos, y yo pienso que muchas veces aunque haya querido, no soy capaz de subirme al barco que me lleve a aquel lugar, y prefiero desde el embarcadero, sentir mis pies firmes, a pesar que mis sueños se pierdan en el horizonte.
Sé que al llevarte lejos de mi vida, de alguna manera arrastro parte de mi contigo, pero tal cual el oxido se come aquella cerradura olvidada en el jardín, prefiero guardar este corazón, en un lugar fresco y seco, polvoriento quizás, pero inerte al fin de cuentas.
Se que tampoco nunca me leerás, porque tal cual me voy de tu vida, sin siquiera haber alcanzado entrar, hare de esta carta un puñado de papel, y la estamparé sobre mis miedos, para que sepan, que igualmente de una u otra forma, los odio, aunque a veces he sentido la necesidad de darles las gracias.
Me despido de ti, aunque no lo notes, me despido inmerso en este sueño sin final, y he despertado, simplemente porque la razón así lo quiso, y aunque creía que este sueño era real, al escribir esta carta, contener cualquier lagrima, y maldecirme mientras le daba vida, he concluido, que no temo al amor, sino que me temo a mí mismo.


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